5 Heridas Emocionales y sus Máscaras



La Creación de las Heridas y las Máscaras


Cuando un bebé nace, sabe en lo más profundo de su ser que la razón por la que se ha encarnado es la de ser él mismo al vivir diversas experiencias.Todos tenemos la misma misión al llegar a este planeta: «vivir las experiencias una y otra vez hasta que podamos aceptarlas y amarnos a través de ellas».

Al nacer nos concentramos principalmente en las necesidades de nuestra alma, la cual desea que nos aceptemos junto con nuestras experiencias, defectos, potenciales, debilidades, deseos, personalidad... Todos tenemos esas necesidades. Sin embargo, poco después de nacer, nos damos cuenta de que cuando nos atrevemos a ser nosotros mismos, alteramos el mundo de los adultos o el de los que están cerca de nosotros. Y de ello deducimos que no es bueno ni correcto ser naturales. Este doloroso descubrimiento provoca, sobre todo en el niño, crisis de ira, las cuales llegan a ser tan frecuentes que nos vemos obligados a creer que son normales.

El niño que actúa naturalmente, que es equilibrado y que tiene el derecho a ser él mismo no pasa por este tipo de crisis. Por desgracia, este tipo de niño «natural» casi no existe. He observado más bien que la mayoría de los niños pasan por las siguientes cuatro etapas: después de conocer la alegría de ser él mismo en la primera etapa de su existencia, conoce el dolor de no tener el derecho de ser él mismo, que es la segunda etapa. Llega enseguida el período de crisis, de rebeldía, que es la tercera etapa.Con objeto de reducir el dolor, el niño se resigna y termina por crearse una nueva personalidad para transformarse en lo que los demás quieren que sea. Algunas personas permanecen estancadas en la tercera etapa durante toda su vida, es decir, reaccionan continuamente, están enojados o en permanente situación de crisis.




En la tercera y cuarta etapa es cuando creamos numerosas máscaras (nuevas personalidades) que sirven para protegernos del sufrimiento. Estas nuevas personalidades o «defensas» son cinco, y corresponden también a cinco grandes heridas fundamentales que vive el ser humano.

En mis numerosos años de observación, he podido comprobar que todos los sufrimientos del ser humano pueden resumirse en cinco heridas. Las presento por orden cronológico: en el orden en que cada una de ellas aparece en el transcurso de la vida:

RECHAZO       ABANDONO       HUMILLACIÓN       TRAICIÓN       INJUSTICIA

Recurrimos a las máscaras para «ocultar», a nosotros mismos o a los demás, lo que aun no hemos podido resolver; y esta ocultación es una forma de traición. Pero, de qué máscaras se trata?- de aquellas que acompañan a las heridas que precisamente intentamos enmascarar.

La importancia de la máscara se crea en función de la profundidad de la herida; una máscara representa a un tipo de persona con un carácter que le es propio, ya que según la máscara creada se desarrollan determinadas creencias que influyen en la actitud interior y en el comportamiento de la persona. Cuanto más profunda sea la herida, con más frecuencia sufrirás, y esto te obligará a llevar puesta tu máscara más a menudo.




Solo nos ponemos la máscara cuando deseamos protegernos. Cada una de las heridas se corresponde con una máscara.

HERIDA                                            MÁSCARA

Rechazo                                                    Huidizo
Abandono                                                 Dependiente
Humillación                                               Masoquista (emocional/mental)
Traición                                                    Controlador
Injusticia                                                   Rígido


1) Rechazo: Máscara del Huidizo


Para muchas personas resulta difícil distinguir entre rechazar y abandonar. Abandonar a alguien quiere decir distanciarse de esa persona por algo o por alguien más, mientras que rechazar a alguien significa rehusarla, no desear tenerla cerca o no desear tenerla en la vida. Quien rechaza utiliza la expresión “No quiero, mientras que quien abandona recurre al “No puedo”.

El rechazo es una herida muy profunda, ya que quien la sufre se siente rechazado en su interior y, sobre todo, siente rechazo con respecto a su derecho de existir. De las cinco heridas, esta es la que primero se manifiesta.

Desde el instante en el que el bebé comienza a sentirse rechazado empieza a crear la máscara de huida. Esto puede empezar incluso en el útero maternoLa primera reacción de la persona que se siente rechazada es huir.





Si un niño se siente rechazado vivirá con frecuencia en un mundo imaginario; por ello será un niño que no causará problemas ni hará ruido. Este niño se divierte solo en un mundo imaginario y se construye castillos en el aire. Es también un niño que inventa diferentes formas de huir de casa.

La persona huidiza prefiere no apegarse a las cosas materiales, pues estas le impedirían huir a sus anchas. Se pregunta qué hace en este mundo y le resulta difícil creer que aquí podría ser feliz. Le resulta atractivo todo aquello relacionado con la espiritualidad y el mundo intelectual.

Su desapego por las cosas materiales conlleva ciertas dificultades en su vida sexual, pues puede llegar a pensar que la sexualidad interfiere con la espiritualidad. A las personas huidizas les resulta difícil pensar que necesitan la sexualidad como cualquier otro ser humano; muchas veces incurren en situaciones en las que son objeto de rechazo sexual por parte de su pareja, o ellas mismas evitan su sexualidad. 

La herida de rechazo radica en el progenitor del mismo sexo.

El progenitor del mismo sexo desempeña la función de enseñarnos a amar y amarnos. El progenitor del sexo opuesto nos enseña a dejarnos amar, a recibir amor.


La persona huidiza se anula, se infravalora; debido a todo ello, necesita a toda costa ser perfecto y obtener reconocimiento ante sus propios ojos y ante los demás.

Una de las palabras recurrentes de las persona huidiza es nada: “Sé que no valgo nada, que los demás son más interesantes que yo”. “Poco importa lo que haga, no vale para nada”, “Haz lo que quieras, a mi no me importa para nada”. La palabra inexistente también forma parte de la persona huidiza. Otra palabra común es desaparecer.


EL RECHAZO, UN ESPEJO DESOLADO

La personas huidiza prefiere la soledad, pues si recibe mucha atención teme no saber qué hacer. En familia y en cualquier otro grupo, desaparece. En general los niños huidizos tienen pocos amigos en la escuela, y lo mismo ocurrirá más adelante cuando trabaje. Se le considera solitario y se le deja solo. Cuanto más se aisla, más invisible parece volverse; de esta forma entra en un círculo vicioso: se coloca su máscara de huidizo para no sufrir cuando se siente rechazado y se aleja de la gente de tal manera que se vuelve imperceptible.

Cada vez se encuentra más solo y cada vez se da a sí mismo más motivos para sentirse rechazado. La persona huidiza por lo general habla poco.



La persona huidiza suele padecer problemas cutáneos, para evitar que los demás la toquen; al ser la piel un órgano de contacto, su aspecto puede ser atractivo o repugnante. Esta herida de rechazo hace que la persona que la padece crea que si habita sólo en su propio mundo, no tendrá que sufrir más el rechazo de los demás ni el rechazo de sí misma. Por eso, cuando se encuentra en un grupo, prefiere no participar y eclipsarse, ocultarse tras su caparazón.

Como ya mencioné, la persona huidiza no se siente aceptada ni acogida por el progenitor del mismo sexo, lo que no supone necesariamente que éste lo haya rechazado, sino que es él mismo el que se siente rechazado.

Quien sufre rechazo busca incesantemente el amor del progenitor de su mismo sexo, y en ocasiones proyecta la búsqueda hacia otras personas del mismo sexo también. No se percibe como completo porque no ha conquistado el amor del progenitor en cuestión, y es muy sensible al mínimo comentario que proceda de él; se siente fácilmente rechazado. Con el tiempo, puede volverse rencoroso, y en ocasiones llegar al odio, porque su sufrimiento es verdaderamente intenso. Recuerda que odiar exige mucho amor. Un gran amor que se vive con desilusión se transforma en odio.

Si te ves con la herida de rechazo, es muy importante aceptar que, aun si tu progenitor realmente te rechaza, es tu herida que no ha sanado la que en realidad atrae hacia ti a este tipo de progenitor y este tipo de situaciones. Si continúas creyendo que todo lo que te sucede es culpa de los demás, nunca podrás sanar esta herida. A raíz de tu reacción hacia tus padres, te sientes fácilmente rechazado por las personas de tu mismo sexo y temes rechazar a las personas del sexo opuesto.

Cuanto más se rechaza a sí misma la persona huidiza, mayor temor tendrá de que lo rechacen los demás. Incluso le es dificil creer que alguien más pueda elegirlo como amigo, como pareja, o que las personas realmente puedan amarle. Por consiguiente, el huidizo vive en la ambivalencia. Cuando es elegido, no lo puede creer y se rechaza a sí mismo, y en ocasiones llega incluso a sabotear la relación. Sin embargo, cuando no es elegido, se siente rechazado por los otros. Es un círculo vicioso.




No es raro que el huidizo diga o piense que sus palabras carecen de valor. Cuando alguien le quita la palabra su reacción es pensar que ocurrió porque no es importante y se calla.

Otra característica del huidizo es la de buscar la perfección en todo lo que hace, ya que considera que si comete algún error será juzgado por ello. Para él, ser juzgado equivale a ser rechazadoComo no cree en la perfección de su ser, lo compensa intentando alcanzar la perfección en todo lo que hace. Por desgracia, confunde el “ser” con el “hacer”.

El pánico es el mayor temor del huidizo. Tan pronto piensa que puede sentir pánico en una situación, su primera reacción será salvarse, ocultarse o huir. Prefiere desaparecer porque sabe que en el momento en que entre en estado de pánico se paralizará. También imagina que al huir evitará una desgracia.




Nuestro ego hace lo posible para que no percibamos nuestras heridas. ¿Por qué Porque inconscientemente le hemos ordenado que lo haga. Es tal nuestro miedo a revivir el dolor asociado a cada herida, que por cualquier medio evitamos confesarnos a nosotros mismos que si vivimos el rechazo es precisamente porque nosotros mismos nos rechazamos.

Es interesante observar que nuestras heridas también afectan la manera en que nos alimentamos. Entre los tipos mencionados, el huidizo es el que más predisposición tiene a sufrir anorexia. Esta es su forma de intentar desaparecer. Cuando siente mucho temor, el huidizo prefiere lo azucarado.

Nuestras heridas nos impiden ser nosotros mismos, pues crean un bloqueo y acaban por provocarnos enfermedades; cada tipo de personalidad atrae enfermedades y malestares específicos en función de su actitud interior. Algunos de los que pueden manifestarse en la persona huidiza son:

  • Sufre frecuentemente diarreas, ya que rechaza los alimentos.
  • Puede padecer arritmias
  • Cáncer al no admitir su resentimiento ante el progenitor de su mismo sexo
  • Problemas respiratorios, alergias
  • Sufrir desmayos
  • Agorafobia
  • Depresión
Si has reconocido en ti la herida de rechazo, es más que probable que tu progenitor de tu mismo sexo, a su vez, se haya sentido rechazado por su propio progenitor del mismo sexo. Además, es muy posible también que se sienta rechazado por ti.




Recuerda que el origen de cualquier herida proviene de la incapacidad de perdonar lo que nos hacemos o lo que los demás nos han  hecho. Por lo general, nos resulta difícil perdonarnos porque somos incapaces de comprender por qué tenemos resentimientos.

La vergüenza es otra forma de tomar conciencia de que nos rechazamos o rechazamos a otros; en efecto, vivimos un sentimiento de vergüenza cuando queremos ocultanos u ocultar un comportamiento.

Los comportamientos propios del huidizo son dictados por el temor a revivir la herida de rechazo. Sin embargo, es probable que te reconozcas en algunas conductas y no en todas las que he descrito.




2) Abandono: Máscara del Dependiente


No son pocas las personas que han sentido la herida emocional del abandono en su infancia. Este sentimiento puede haber sido provocado por diversas circunstancias vitales:

  • Porque su madre se haya encontrado ocupada muy pronto por la llegada de un nuevo bebé que reclama sus atenciones y le ‘roba’ su cariño. Este sentimiento de abandono se intensificará si el nuevo bebé necesita más cuidados de lo habitual porque sufre alguna enfermedad grave o crónica, o bien padece una discapacidad física o intelectual.
  • Sus padres realizan trabajos muy absorbentes y tienen muy poco tiempo para él.
  • Si sus padres lo dejan con alguien durante las vacaciones siendo muy pequeño.
  • Uno de los progenitores está siempre muy enfermo y el otro está demasiado ocupado o ausente.
  • Siendo un niño muy pequeño tuvo que ser internado en el hospital a causa de una enfermedad y tuvo que pasar allí mucho tiempo separado de sus padres.
Los niños pequeños necesitan un contacto permanente con sus padres o cuidadores influyentes para crecer psicológicamente sanos. Si estas personas han estado casi siempre ausentes, o al menos emocionalmente ausentes, por los motivos que fueran durante gran parte de la infancia del niño, éste percibirá que no tiene un referente en quien apoyarse y se sentirá perdido e incomunicado.




EL ABANDONO, UNA CARCEL EN EL CORAZON

Las personas que ha sentido profundamente la herida del abandono en su infancia suelen ser muy inseguras, de manera que buscan denodadamente un apoyo que les ayude a tomar decisiones. Como no confían en sí mismas, es frecuente que desarrollen una dependencia emocional respecto de otra persona.

Alguien que se ha sentido abandonado en la infancia es, por tanto, probable que se convierta en un dependiente emocional cuando sea una persona adulta. Como le cuesta mucho tomar una decisión en su vida, antes de hacerlo, necesita tener la aprobación de otras personas, porque tiene que sentirse apoyado.


Asimismo, una persona con una dependencia emocional es muy fácil que termine cayendo en ‘las garras’ de una persona manipuladora, de manera que ambas se vean atrapadas en una relación insana de codependencia afectiva.

El dependiente emocional es muy propenso a adoptar el papel de víctima. Según el psicólogo Stephen Karpman, los tres comportamientos típicos en las relaciones interpersonales de codependencia son el de salvador, el de víctima y el de perseguidor. Aquel que se sintió abandonado en la infancia es frecuente que se comporte como una víctima en sus relaciones con otras personas con el objetivo último de llamar su atención y lograr su apoyo. Porque una víctima tiene una especial ‘habilidad’ para complicarse la vida y meterse en dificultades. Sin embargo, en vez de buscar solución a los problemas, suelen adoptar una posición pasiva mientras maldicen su mala ‘suerte’. Una víctima siempre necesitará que otra persona que adopte el papel de salvador le solucione su vida y le socorra.




Además, la persona dependiente suele dramatizar en exceso cualquier contrariedad que, bajo su punto de vista, adquiere dimensiones colosales. Para estas personas sentirse abandona es mucho más doloroso que pasar por los múltiples infortunios que ‘atrae’ a su vida. Porque el miedo fundamental de la persona que se ha sentido abandonada en la infancia es a la soledad.

Aunque puede parecer paradójico, las personas con dependencia emocional desempeñan también en ciertos momentos el papel de salvador. Así, pueden comportarse como un padre para sus hermanos pequeños o intentan salvar a las personas que aman. Pero el fin último de estas acciones es conseguir la atención de los demás y permanecer a salvo de su mayor enemigo: el miedo a la soledad y a un nuevo abandono.

La persona dependiente no suele tener mucha iniciativa y, en ocasiones, puede llegar a parecer holgazana porque le cuesta mucho empezar solo alguna actividad o trabajo. En realidad, es habitual que necesite la presencia de otras personas para sentirse respaldado en lo que hace.

Aquellos que han sufrido el abandono en la infancia les resulta muy difícil adaptarse a las nuevas situaciones. Así, por ejemplo, les cuesta mucho cambiar de trabajo, mudarse de una casa o ir a vivir a otra ciudad.

En sus relaciones afectivas, tienen pánico a ser nuevamente abandonados como en su infancia, de manera que se aferran a su pareja y se sienten incapaces de romper una relación, aunque llegase a ser muy destructiva.

Asimismo, no es infrecuente que la persona dependiente no quiera tener hijos bajo el pretexto de que no desea perder su ‘independencia’. En realidad, en el caso de que sea el hombre quien depende emocionalmente de su pareja, teme que la llegada de un bebé pondría en riesgo la constante atención que necesita de su mujer. Si la dependiente afectivamente es la mujer, el temor tendrá más que ver con el agobio que supone cumplir las obligaciones que implican tener un hijo.

A menudo las personas dependientes lloran cuando hablan de sus problemas. Además, suelen sentirse resentidas por no haber recibido la ayuda de otras personas cercanas en momentos de dificultad personal.

Casi siempre el lenguaje no verbal dice más sobre una persona que sus propias palabras. En este sentido, uno de los comportamientos que pueden delatar a un dependiente emocional es su tendencia a asirse a la persona amada. Del mismo modo que es habitual que, en la infancia, la niña se abrace a su padre, y el niño a su madre; el dependiente emocional suele apoyarse en su pareja. Acostumbra a tomarle la mano o toca a su pareja con mucha frecuencia.

Para compensar su miedo a la soledad y al abandono, el dependiente emocional trata de llamar la atención de los demás. Una forma poderosa de atraer la atención de otros es participar en la vida pública. Así, muchos artistas, actores, cantantes, famosos, comediantes e incluso políticos sintieron la herida del abandono en la infancia, de manera que necesitan sentirse rodeados por una amplia audiencia para compensar sus carencias emocionales.




3) Humillación: Máscara de Masoquista


Una humillación es ya muy difícil de soportar para un adulto; si quien la sufre es un niño, puede marcarle de por vida. La herida emocional de la humillación tiene lugar cuando un niño percibe que uno de sus padres se avergüenza de él por algún determinado suceso:


  • Porque el niño ha hecho una gran trastada. Jugando a la pelota en casa ha roto la vitrina del salón. Su padre se enfada mucho, le baja los pantalones en presencia de otros niños para darle varios azotes y le grita: “Eres muy malo, de la misma piel del diablo”.
  • Porque se ha hecho pis en la cama y su madre le recrimina: “Eres un guarro. Me vas a matar a disgustos”. Además, esa misma tarde, la madre se lo contó a algunas otras madres de sus compañeros de clase en la escuela.




  • Cuando, por ejemplo, una mamá sorprende a su hijo preadolescente masturbándose y le chilla: “¿No te da vergüenza hacer eso? Eres un cochino”. Además de sentirse humillado, el niño interiorizará que debe avergonzarse de su propio cuerpo y que el sexo es algo sucio, por lo que es probable que en el futuro tenga que afrontar algún trauma en el ámbito sexual.
Los niños que constantemente son sometidos a situaciones humillantes, burlas y descalificaciones ya sea en la escuela o en el hogar, crecen con una tendencia a la depresión y una autoestima baja.

Para evitar que un niño quede marcado por la herida emocional de la humillación, es muy importante que sus padres, educadores o profesores no les califiquen como malos, torpes, imbéciles, guarros. Es mucho más educativo y a la vez efectivo decirle a un niño que ha hecho una cosa mal, a increparle que él, en sí mismo, es malo. 




Asimismo, es preferible regañar a un niño de forma privada que pregonar su mal comportamiento a los cuatro vientos. Estas actitudes de los ‘educadores’ son sumamente destructivas para la autoestima de los niños. Porque, de tanto repetírselo, el niño creerá que efectivamente es malo o estúpido, se comportará como tal y se avergonzará de sí mismo (“me odio”) será uno de sus pensamientos recurrentes).

La persona que se ha sentido humillada en la infancia, a menudo desarrolla una actitud masoquista en su adultez, es decir, que encuentra satisfacción, e incluso placer, en el sufrimiento. Aun cuando lo haga de manera inconsciente, busca humillarse y castigarse antes de que otra persona le pueda dañar. De hecho, es frecuente que alguien que tiene la herida de la humillación desde la infancia rememore, en reuniones familiares o de amigos, algunas cosas vergonzosas que hicieron cuando eran niños. Así, ser objeto de las risas de los demás es una manera de rebajarse y revivir la humillación.



LA HUMILLACION, UN ESPIRITU DOLIDO

Por otra parte, es frecuente que la persona masoquista se preocupe mucho por hacer todo por los demás y cuidarles. Sin embargo, este sentido del deber se explica más por su inclinación a castigarse y a imponerse obligaciones. Así, por ejemplo, es habitual escuchar a muchas mujeres con personalidad masoquista que están hartas de haberse convertido en la sirvienta de todos en su casa. Pero ellas mismas son en muchas ocasiones quienes perpetúan ciertas situaciones de desigualdad y se crean la obligación de atender y sobreproteger de manera insana a los hijos. Porque la persona masoquista, hombre o mujer, tiene la costumbre de asumir responsabilidades que no le corresponden y sentirse culpable si no puede cumplir con ellas.




Sucede, incluso, que si alguna persona muy cercana se siente triste y desdichada, la persona masoquista se llega a sentir responsable de la infelicidad de ese familiar o amigo. Está demasiado atenta a los cambios del estado de ánimo de los demás. Sin embargo, desatiende por completo sus propias necesidades.

Con el objetivo de evitar pasar vergüenza a los hijos o a su pareja, la persona masoquista tiende a ser muy controladora: trata de controlar la apariencia, la educación, el comportamiento y la forma en que viste su familia y ella misma.

Si la persona con la herida de la humillación en la infancia se ha sentido rebajada en muchas ocasiones, de mayor puede llegar a convertirse, como mecanismo de defensa, en un individuo tiránico. La tendencia al control se acentúa y se llega al despotismo e incluso a la predisposición a humillar a otros.

Por otra, una de las mayores limitaciones que se autoimponen las personas masoquistas es a expresar libremente lo que quieren y lo que necesitan. Se reprimen por la vergüenza de qué pensarán de ellos o por el miedo a avergonzar a otra persona.




4) Traición: Máscara de Controlador


Esta herida brota en la infancia cuando un niño se ha sentido traicionado por uno de sus padres. Como consecuencia inmediata, el niño pierde la confianza en sus progenitores, de los que es muy probable que tuviera unas expectativas muy elevadas y no se han visto satisfechas. El sentirse engañado es un sentimiento muy habitual en los pequeños ya que es frecuente que los padres hagan promesas a sus hijos que luego olvidan cumplir o no pueden mantener.

La herida emocional de la traición en la infancia también puede tener su origen en una traición o en un engaño de uno de los progenitores al otro. El niño siente entonces la traición como si la hubiera sufrido él mismo en primera persona.



LA TRAICION, UN MUNDO ATERRADOR


Sea por la experiencia de traición que fuere, el niño percibe que no se puede confiar en nadie. La decepción le lleva a no confiar, y cuando sea adulto tendrá una personalidad insegura, miedosa y celópata.

La persona que ha sufrido la herida emocional de la traición en la infancia es muy probable que desarrolle la tendencia a controlar a los demás para protegerse del engaño.

A diferencia del masoquista que controla para evitar sentir vergüenza o para no avergonzar a los demás, aquella persona que ha sentido la traición se vuelve controladora para asegurarse de que los demás mantendrán sus compromisos. Asimismo, también ejercerá el control para garantizar que él mismo cumplirá sus compromisos y se comportará de forma fiel y responsable.




El controlador tiene un carácter fuerte y enérgico. Defiende con vehemencia lo que cree y espera que los demás acepten sus opiniones. Necesita tener el control de la situación y convencer a toda costa a los demás. En cualquier caso, le gusta decir siempre la última palabra.

Al controlador le ponen nervioso las personas que se explican de manera confusa o muy lentamente. Le exasperan porque la persona controladora suele tener muy poca paciencia.Suelen ser personas que comen con ansiedad, con gran rapidez, porque consideran que no tienen tiempo que perder.


Si algo no funciona según sus expectativas, va más lento de lo esperado y, sobre todo, si surge algún imprevisto, el nerviosismo del controlador se puede ir transformando en agresividad. Detesta lo inesperado.

Cuanto más profunda haya sido la herida de la traición que haya experimentado en su infancia, más deseará tener el control de la situación, prever el futuro y defenderse así de una nueva traición. El controlador, por tanto, quiere adelantarse a los acontecimientos. Le da muchas vueltas a todo en su cabeza. Esta tendencia le impide vivir con plenitud el aquí y el ahora. Así, por ejemplo, mientras trabaja, se ocupará de planificar las próximas vacaciones; y ya en vacaciones, estará pensando sobre los problemas del trabajo. Le resulta casi imposible desconectarse. Asimismo, para una persona controladora, es muy difícil delegar alguna función en otra persona y confiar en ella.

Si bien a la persona controladora le cuesta fiarse de los demás, no puede soportar que los demás no confíen en ella. Para el controlador, si alguien no confía en él, siente que esa persona le ha traicionado.




Le encanta pregonar a los cuatro vientos su gran dedicación al trabajo y lo que es capaz de hacer. Para el controlador, es fundamental que los demás le valoren como persona responsable en la que se debe confiar. 

Su reputación es un valor muy importante que defenderá por encima de todo. Si alguien dice algo que pone en entredicho su buena fama, se sentirá insultado y puede llegar a mostrarse colérico. El controlador no dudará en mentir para salvaguardar su reputación como persona responsable, cumplidora y fiel. Traicionar a otra persona es tan inaceptable para el controlador que se negará a admitir que lo haya hecho alguna vez en su vida. Así, por ejemplo, si incumple una promesa, se inventará miles de excusas para justificar su comportamiento y evadirse de la realidad.




5) Injusticia: Máscara del Rígido


Cuando alguien no se ha sentido valorado o respetado en su infancia, queda lastimado por la herida emocional de la injusticia. Esto significa que la persona cree que no ha recibido lo que se merecía, pero también a veces este desgarro se puede producir cuando la persona cree haber recibido mucho más de lo que se merecía. Por tanto, la herida de la injusticia puede ser causada por progenitores o cuidadores influyentes que tratan con desigualdad a los hijos y son muy fríos, autoritarios o excesivamente exigentes con alguno de ellos. Pero también puede ser provocada si un hijo cree que se le han dado muchas más cosas materiales que a los otros.




La reacción más habitual ante una situación injusta que no podemos cambiar, sobre todo si sucede en la infancia, es distanciarse de nuestros sentimientos con el objetivo de proteger nuestra conciencia. De este modo, alguien que haya sufrido la herida emocional de la injusticia en su infancia tenderá a cortar por lo sano sus sentimientos y se volverá una persona rígida.

Aunque parezcan fríos, aquellos que tienen un carácter severo son en realidad bastante sensibles, pero reprimen sus sentimientos de cara al exterior.


Es frecuente que las personas rígidas mantengan una relación bastante correcta con sus progenitores, incluso en la adolescencia, pero que esa relación sea muy superficial, de manera que nunca les hayan expresado lo que realmente sentían.



Si nos fijamos en la comunicación no verbal, son personas proclives a protegerse de los demás cruzando los brazos por delante del pecho o bloqueando sus extremidades en posición defensiva. Asimismo, suelen preferir los colores oscuros en su vestimenta y todo aquello que suponga un cierto control de las emociones.

Al vivir en un ambiente que ha sido totalmente injusto, esto termina por deteriorar el "yo", transmitiéndoles la idea de que no son merecedores de la atención de los demás.

Un adulto que ha sufrido esta herida emocional puede convertirse en una persona insegura, o al contrario, en alguien cínico que tiene una visión pesimista de la vida. Esta persona tendrá problemas para confiar en los demás y establecer relaciones, pues inconscientemente piensa que todos les tratarán mal.



Quien se caracteriza por la rigidez tenderá al perfeccionismo porque sus objetivos serán la exactitud y la justicia. Cree que si consigue ser perfecto en lo que hace o dice, logrará, por consiguiente, ser justo. No puede comprender que si se aplica a rajatabla una norma, paradójicamente, se puede ser muy injusto con alguien.

La persona rígida suele tener una concepción muy maniquea (extremista) de la vida porque para ella tener muy claro qué es lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto es de suma importancia. Suele expresarse en términos como “siempre”, “nunca”, “esto está bien”, “esto está mal”.




Si los padres han sido demasiado estrictos y exigentes, de forma que nunca valoraban a su hijo por sí mismo, éste, al ser mayor, estará convencido de que solo se le puede apreciar por lo que hace o consigue, pero no por lo que es.

Como tiene como valor más preciado la justicia, siempre procura ser merecedor de lo que recibe. El mérito es fundamental en su concepción de la vida. Si logra algo sin haberse esforzado demasiado, cree no merecerlo y se las ingenia, de manera no consciente, para perderlo; porque una de las características de las personas rígidas más difíciles de comprender por aquellos que no han sufrido la herida de la injusticia es que, a veces, les pueda parecer más injusto ser beneficiados por la suerte que ser desfavorecidos por ella.




Asimismo, quien ha padecido la herida emocional de la injusticia en la infancia es más proclive a sentir envidia de quienes más reciben en la vida y, a su juicio, no lo merecen por su poco esfuerzo.

Dado que el mérito es tan importante para la persona rígida, se exige demasiado y quiere hacerlo todo perfecto, lo que puede llevarle a tener problemas con la falta de tiempo. No se permite mucho tiempo para descansar, ya que desearía resolver todos los problemas enseguida. De hecho, se puede llegar a sentir muy mal si no está realizando alguna actividad mientras otra persona trabaja.




Como su autoexigencia es muy alta, aquellos que tienen un carácter rígido no suelen respetar sus propios límites físicos y psicológicos; a veces incluso tienen dificultades para reconocerlos. Por tanto, la persona con la herida emocional de la injusticia se trata en realidad bastante injustamente a sí misma, pues tiende a controlarse y tiene la curiosa habilidad de crearse demasiadas obligaciones. Además, ni siquiera se cuestiona si esas obligaciones responden a lo que realmente necesita y desea hacer; es más, el rígido detesta pedir ayuda. Prefiere hacer todo solo porque quiere que el resultado sea perfecto.

Por otra parte, aquellos que tienen una personalidad rígida les gusta que todo esté ordenado, lo que puede terminar derivando en una obsesión.

Pese a que prefiera hacer las cosas por su cuenta, la persona rígida tiene un gran miedo a equivocarse, por eso tiene esa pulsión por el perfeccionismo y se exige tanto en todos los ámbitos de su vida. Esto le genera una gran tensión emocional debido a que trata de imponer la perfección en todo, y como eso es imposible, se aboca al sufrimiento.




LA INJUSTICIA, UN ALMA IMPOTENTE



Basado en el libro "Las 5 Heridad que Impiden Ser Uno Mismo" de LISE BOURBEAU,







2 comentarios:

Ana Thiferet dijo...

Muy bueno :) Muchas gracias por compartir

Anónimo dijo...

Excelente! Gracias, me ha permitido identificar dos heridas que han condicionado mi vida.

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